Para Tiago Segades Porta, príncipe de los elfos, señor de los olivos, heredero de ausencias.





© Norma Segades - Manias

Febrero, 2005

Dedicatoria

Para Tiago Segades Porta,
príncipe de los elfos,
señor de los olivos,
heredero de ausencias.

Prólogo

Entremos.
Hay que caminar descalzo, sintiendo la humedad del rocío entre los dedos de los pies. Dejar que el Tiempo se diluya en densa niebla y nos transforme en peregrinos de los sueños. La magia del libro lo pide con palabras dichas en voz baja. Perfiles de sonidos, ojos de elfos y bandadas de mariposas que despiertan el espíritu y lo acomodan en el círculo perfecto del entresueño misterioso.
¿Para qué? Para ver con ojos de luciérnagas y oír con oídos élficos, la historia de hilo alunado que nos conduce al lugar “donde voces antiguas entonan las canciones de una tierra perdida, -como dice la autora- tan lejana en el tiempo que nunca fue siquiera imaginada por las hojas del roble o las lenguas ardidas que devoran leyendas en la orilla del fuego”.
Para escuchar, detrás de la llovizna, “la voz de la alondra… que profetizó infortunio desde lo alto del fresno herido fatalmente por colmillos de nácar”.
En un instante de delgado espejo, tela de sueño y azogue, antes que comience la autora a cubrirnos con palabras, sucede el adormecimiento involuntario con que ella nos hechiza, contándonos una historia de aldea que escoge su destino, “lo efímero y salvaje, la silvestre humedad de las verbenas”.
El relato es conmovedor. Está cubierto con un entretejido de alucinantes metáforas que parecen velar una agonía de miedos, desengaños y muerte. El contraste es tan profundo que duele.
Si pudiéramos salir del círculo verde y luminoso en el que nos encierran los elfos, podríamos ver cómo “andan las hilanderas devanando el ovillo de la ausencia”.
¿Qué historia antigua, en medio de sombras y sollozos, esconden los aromos, los azahares, los naranjos? Es la historia del agua crecida. Recordemos. El agua de trenzas largas, que cubre este pueblo niño bajo la luna de plata.
Vayamos al corazón de la almendra amarga. Busquemos los ruidos de algún reloj despierto o una puerta que vacila ante el viento. Y la memoria nos trae un “dolor trepando por las entrañas mismas del subsuelo tal como si la hiedra, la llovizna, cubriera las estatuas, los nombres que sembraron sus asombros, las largas cabelleras del olvido”. Así dice Norma Segades cuando construye con maestría literaria esta historia de inundación y de fantasmas.
¿Para qué?
Escuchemos su voz desde la torre semiótica que ilumina como un faro.
“Para rastrear las huellas hay que encender los párpados”.
El libro que parece un herbario de sueños, de gargantas, de poesía abierta a la Cruz del Sur, nos envuelve, nos encamina hacia la lámpara encendida de la esperanza.
Así, dormidos con los ojos abiertos, sabemos de los duendes que “son bellos y salvajes como los colibríes”. También nos quitamos la soledad con la música del señor de los pájaros. ¿Escuchan su canción en el pulso del Tiempo cuando “una bego-nia con un ala rota atrapó su mirada”?
Percibimos la siesta a la hora en que estallan las cigarras.
Su narración conmovedora nos encierra en la memoria oscura de la riada cuando cubrió las calles de la comarca. Entonces, nosotros también, nos vamos ahogando en la noche no olvidada de ese abril de holocausto.
Pero, lo sabemos… “en un jardín oculto, floreció, bella y triste, la esperanza y la vida, de nuevo, triunfó sobre el silencio”.
El relato, con honda luz de epopeya y también de leyenda, se levanta, intacto, para “refundar la savia”.
Los recuerdos emiten sonidos y silencios.
Por eso Norma Segades habla del paisaje, de la sombra, del embrujo, de la muerte y los fantasmas.
Pero en el preciso momento en que los lectores también morimos, de frío, de despojo, de olvido, ella nos dice, anticipando nuestra libertad: “La luz renacerá salvajemente. En lo alto del olivo su estatura de hoguera, de demente amapola”.
Recién entonces, podemos salir del laberinto, y seguir las luciérnagas.
Así salimos. Mojados con el destello de un testimonio vivo que conmueve y fascina. La escritora nos sumerge en hondas meditaciones de destinos y olvidos. Pero nos salva del círculo élfico con la hondura de la luz que nos aglutina, nos deslumbra y nos hace partícipes de la singular palabra conmovedora y artística. Como en el mejor libro de los Tiempos Antiguos.
Y aunque quede el dolor, la luna lo morderá en cada noche de temblor sobre las ausencias.
Toda esta historia de exquisita y sutil poesía, fue pensada para Tiago, quien la beberá como un elixir de magos, una poción mágica de agua estrellada. Para que alguna vez, quizás, también él, se convierta en lunauta peregrino de recuerdos.

María Guadalupe Allassia

Acerca de los elfos.

Dicen que los pequeños elfos se engendran con esperma de luna en los hondos silencios de la noche.
Durante siete eclipses se alimentan del polen de almudenas silvestres,
pero sólo los elfos destinados al reino aguardan otra ausencia para nacer al mundo de los hombres.
Cuentan que de los ojos de los príncipes elfos nacen las mariposas.
Bandada tras bandada.
Anaranjadas, deslumbrantes, suaves,
irisando en su vuelo las gotas de rocío dormido en las corolas.
Y que cuando el susurro de sus alas invade los insomnios de los corceles blancos,
las capturan de nuevo entre los párpados para impedir que mueran desangradas sobre cuernos de plata.
Sostienen que, en sus venas, corre un cauce incesante de magnolias
donde voces antiguas entonan las canciones de una tierra perdida,
tan lejana en el tiempo
que nunca fue siquiera imaginada por las hojas del roble o las lenguas ardidas que devoran leyendas en la orilla del fuego.
Por eso saben todas las respuestas y evaden los hechizos.
Los príncipes del reino de los elfos tienen la piel de olivo desvelado y el cabello sombrío como un mar tormentoso abofeteando eternos farallones,
pero su gracia es pura como el alba naciente,
pero su risa es un cascabeleo cayendo en hendiduras de peñascos,
pero su sueño es leve como un pétalo de humo,
pero su voz es dulce, es sabia, es apacible.
La música les nace sin esfuerzo al igual que el amor y las palabras.
Y en la edad de las bayas, en la edad de las pálidas lloviznas,
abandonan su reino de helechos encendidos en busca del misterio de las huecas colinas estallantes de esporas,
donde ávidos plantíos de almudenas silvestres esperan los espasmos mordedores de olvidos.
Porque así debe ser,
porque así ha sido escrito por aquellos que afirman que los pequeños elfos se engendran con rocío, con esperma de luna, en los hondos silencios de la noche,
y que, durante siete eclipses se alimentan del polen de almudenas silvestres,
aunque sólo los elfos destinados al reino
aguarden otra ausencia para nacer al mundo de los hombres.

Acerca de la maga.

Nadie recuerda con certeza la forma que tenían los senos de la luna la noche en que engendraron a la maga,
pero sí que lloraron las diamelas
y en el fondo del huerto aullaron los olivos.
Nadie pensó en los días subsiguientes
-los breves horizontes, las pupilas al borde de la lágrima, el alma en cabestrillo-
cuando las amapolas encendieron fogatas en la angustia
y la voz de la alondra profetizó infortunio desde lo alto del fresno herido fatalmente por colmillos de nácar.
Porque ese eclipse andaban las ortigas batiendo sus membranas, sus verdes asperezas junto a los muros rotos del levante.
Y andaban negros lobos mordiendo con sus fauces los flancos de septiembre.
Y palabras agudas salmodiaban promesas.
Y ni siquiera los racimos yermos osaron merodear entre los vaticinios.
Porque nadie supuso que esa audacia, la maga estallaría en medio de su nombre, obstinada, compleja, aferrada a la trama del destino.
Y aunque tensó su expulso la mandrágora,
el desconsuelo quebrantó cerrojos con arietes de sangre,
afilados conjuros rasgaron en jirones las ausencias o exorcizaron densas telarañas
y viscosos embates de murciélagos buscaron derribar toda inocencia nacida en el fragor de la batalla,
nada pudo con su empecinamiento.
Así, cuando los dioses comprendieron su avidez de misterio,
decidieron parirla mariposa y abandonarla entre los lirios o el plantío de hortensias,
para que errara en las profundas soledades sobremuriendo a todos los naufragios
hasta que una nostalgia,
el ojo de los cielos la encontrara vagando a la orilla de robles que ninguno podría talar de su memoria
porque aún no habían sido gestadas las semillas.
Condenada a la vida por haber perpetrado los desvelos,
el absurdo pecado de evocar cada rostro antes de que lo hubieran pronunciado en el idioma de los pájaros;
a aderezar con elixir de almendras y nueces cosechadas en el principio de la bruma
todas y cada una de las breves historias que los príncipes elfos habrán de devorar cuando regrese la edad de la alegría.
Aunque nadie recuerde con certeza la forma de la luna la noche en que los dioses la engendraron,
en el preciso instante en que se desnudaron las diamelas
y aullaron los olivos desde el fondo del tiempo.

Acerca de la aldea.

Conserva un suave gesto de abandono,
los rasgos de la ausencia apresados en el óvalo de un viejo relicario como aquel rizo opaco que nadie reconoce.
Es un rostro entre azogues,
una fotografía en tonos sepias de algo que ya no existe,
que jamás ha existido salvo en la desmemoria de encajes, terciopelos, abanicos de nácar, peinetones, zarcillos.
Hacia la plenitud de los cereales, el sur le extiende su actitud de pan, de lluvia sin cerrojos;
le entrega sus corolas de ceniza, su estambre de humo espeso.
El sur es una dalia advenediza que enciende lejanías por donde migran ángeles y dioses
tal y como si fueran hojas secas en el advenimiento del otoño.
Hacia el norte acontece el reino del delirio,
el perfil de un silencio que aúlla como ortigas o eclipses o cigarras;
como el vientre desnudo de los cardos reclamando otro cáliz, otro estambre desde donde parir las soledades,
la impenetrable angustia de la sed y la espina.
Hacia el norte sucede el seco territorio del olvido.
Las espadas vinieron a fundarla en medio de sus ríos.
La pensaron albatros, golondrina. Ella tuvo actitud de mariposa.
En las manos cruzadas sobre el pecho retiene el mismo gesto desvalido
de quien ya no recuerda las sílabas estrictas que aluden a la luz de la esperanza, conjuran algoritmos o naufragios.
El gesto desolado de quien clausura cielos y horizontes con urdimbres de espesas telarañas
impidiendo a los duendes sobrevolar la tarde, custodiar las palomas, amparar los follajes de campanas.
Por eso, cuando trepan las auroras sobre la arboladura de los templos,
cuando el reloj del claustro amnistía los trinos con su dedo de sombra,
cuando las aves nacen al arrullo, al hambre cotidiano;
escarba con las uñas debajo de los sueños en busca del idioma que la nombra por su nombre de santa.
El nombre que tatuaran las leyendas en registros, archivos y sepulcros.
Las espadas llegaron a fundarla en medio de la nada.
La pensaron camelia, siempreviva.
Ella escogió lo efímero y salvaje,
la silvestre humildad de las verbenas.

Acerca del pecado.

Alguien anduvo bajo los desengaños de febrero asesinando las granadas.
Clavaba su obsidiana en las rojas entrañas de los frutos, con tal alevosía,
que los lobos jadearon sus maldades agrestes, impacientaron los colmillos
y algunas mariposas asustadas volaron a esconderse entre los matorrales de azucenas.
Fue hace muchos veranos.
Cuando cada glicina liberaba resplandores violetas, podían escucharse los silencios, crepitaban capullos y misterios entre los alelíes.
Más allá del eclipse que mutiló los flancos de la luna con sus oscuros dientes milenarios.
Más acá de los miedos, de los despojamientos, de los cirios humeantes bajo las hornacinas
encendidos en honor de los dioses de las duras plegarias y las largas vigilias.
Después del caos. Antes de la desdicha.
En la segunda edad de las tinieblas.
Mientras caía una llovizna lenta sobre la soledad de las diamelas. Mientras caía una llovizna lenta. Mientras caía la llovizna.
Fue hace muchos veranos.
Delante de los pétalos donde anida el pecado y lo desconocido y el rostro de los muertos renace en las texturas del azogue
y una fragancia a espesa desmesura aturde los sentidos
y desde el fondo de la sangre se acercan los demonios a reclamar la ofrenda de las lágrimas.
Detrás de las lavandas que escribían canciones y poemas.
Detrás de las lavandas.
Donde habitaban las serpientes.
Aún nada estaba escrito sobre la piel del odio
y hasta el plantío de las nomeolvides no habían arribado los murciélagos con sus extrañas voces, sus membranas viscosas, sus leyendas oscuras.
Nada estaba tallado en las bitácoras de los estupores cuando anduvo la sombra cubriendo el infortunio.
Y los viejos labriegos ni siquiera pudieron presentirla.
No notaron la ausencia de la maga en las eucaristías.
No escucharon gemidos vagabundos, sofocados en el estanque de los lirios.
Ni el eco de sollozos en el viento pronunciando los nombres de aquellos que habían sido talismanes, conjuros, amuletos.
Ni el aullido de sueños decapitados como las codornices.
Sin embargo,
alguien anduvo bajo los desengaños de febrero asesinando todas las granadas.

Acerca del misterio.

En mitad de la sombra algún descuido breve de cerrojos entreabre los portales.
Ocurre casi siempre en la ribera oeste de los túmulos donde nacen los robles,
a la hora en que la noche se prepara para parir milagros
y andan las hilanderas devanando el ovillo de la ausencia.
Es entonces cuando alza la distancia un sonido desnudo de violines, arpas, panderos, címbalos,
coros nunca escuchados excepto en el comienzo de todas las edades.
Es entonces cuando antiguas memorias advierten que no es bueno aventurar miradas,
tenderse en ese suelo que nutre las raíces de endrinos y serbales
o desandar el número de círculos que conjuran la entrada a los reinos prohibidos.
Ocurre casi siempre en la ribera oeste de los túmulos
donde nacen las setas cuyo color es rojo como la misma sangre ofrendada en el ara
y cuya carne blanda sirve como alimento al dios de los delirios.
Cuando lentas manadas de unicornios quebrantan los perfiles de la luna y es tiempo de cosecha.
Cuando corros de esferas ambarinas reflejan la agonía del insomnio
y hay voces en el viento que subyugan las almas, que las sumen en locos torbellinos de penas,
anhelos perentorios por lo que nunca ha sido y jamás podrá ser recuperado.
Cuando la luz astilla en los saúcos su plena maravilla y el polen todavía fecunda los estambres.
Ocurre casi siempre en la ribera oeste de los túmulos donde nacen los días del espino.
Quien escucha en la fronda puede oír el susurro de las plantas desnudas danzando entre la hierba
mientras rompen los gallos la piel de la distancia.
Quien atisba en el aire junto a ásperos ramajes
puede observar esbozos de almenares, estandartes al viento, altas arquitecturas sobre piedras austeras capturando la edad de los solsticios.
Quien mora en territorios inocentes puede ser invitado a cruzar las fronteras
a la hora en que la noche se prepara para parir milagros y andan las hilanderas devanando el ovillo de la ausencia.
Cuando lentas manadas de unicornios quebrantan los perfiles de la luna
y es tiempo de cosecha.

Acerca de la savia.

Trasladaron sus cepas a través de las aguas hace ya tanto tiempo
que ninguno conserva la agreste geografía, la historia de sus reyes, el perfil de sus nombres.
En la primera edad estuvieron desnudos, heridos, en letargo,
avergonzados ante los naranjos, pomelos, limoneros que expulsaban azahares con esa dadivosa prepotencia de quien ha superado la nostalgia.
En la primera edad no dieron frutos.
Se alimentaban sólo de silencios y sangraban de noche un dolor caudaloso.
Y aprendieron que siempre se está solo en medio de las sombras, del destierro,
cuando nada permite adivinar los lindes, los lejanos confines de un milagro, los altos horizontes
y todo desamparo es más intenso.
Sobre todo bajo una luna artera, despojada de asombros, recorriendo la piel de los almácigos
–acelgas en hilera, temblores de lechuga, corazones de papas o repollos-
como quien no comprende, como quien nada sabe de la ausencia.
De a ratos se escuchaban sus sollozos.
Y hasta los colibríes despertaban en sus nidos de seda, sus columpios de sólida ternura para indagar el llanto.
Y los palomos.
Y las golondrinas.
Trasladaron sus cepas hace ya tanto tiempo que ninguno conserva el perfil de sus nombres.
Sin embargo aún existe ese ardiente secreto en el idioma antiguo de la savia.
Como una permanencia. Como una sed magnífica.
Como azules fragancias de cierta eternidad nunca vivida.
Una cuestión de zumos, de linfas, de sustancias.
Una cuestión de música, palabras, exorcismos.
Tal como si los santos, los druidas o los ángeles salmodiaran recuerdos con su voz de durazno.
Después de tanto eclipse no es sencillo determinar las huellas.
Aunque el aire vigile los rincones donde ciruelos, nísperos, higueras y algunos mandarinos.
Hubo tantos olvidos habitando detrás de los vitrales que es casi un imposible.
Y nombrar los olivos es nombrar las penumbras, los fantasmas, los sueños primordiales.
Por eso no se puede hablar de los olivos.

Acerca del verano.

Por afuera del huerto se extienden geografías húmedas y salvajes.
Un mundo enmarañado como la cabellera del espino.
Donde nadie pronuncia el nombre del olivo ni alude a la existencia de los robles.
Por afuera del huerto proliferan las voces guaraníticas, linaje de yuchanes, timbóes, aromitos, desconsuelo de sauces, asambleas de ceibos, de laureles,
altos jacarandáes lloviznando campánulas en la exacta, precisa coordenada de añiles y aceras implacables.
Y algunas mariposas que llegan con su muerte en las espaldas.
Por afuera del huerto transcurre la comarca.
Con sus calles umbrosas, sus ardores, sus ángeles custodios, sus historias, sus templos, sus milagros.
Con sus hondos silencios quebrantados a golpes de lloviznas, a picos de zorzales, a estertores de bayas mutiladas por la impiedad hambrienta de los silbos
o a jadeos desnudos de una aurora que avanza pariendo los crepúsculos,
leves huevos de luz depositados en nidos de palomas, entre los campanarios.
La comarca y su puente de hierro suspendido como una telaraña sobre la vastedad de la laguna.
Y la furia del agua azotando riberas con su rabo de espuma, su látigo sin pausa, sus zarpas desollando las entrañas del légamo.
Y el cauce,
el viejo cauce conduciendo las dádivas del clima hacia los sembradíos de gaviotas, los plantíos de sal y los abismos.
Por afuera del huerto,
el sopor de la siesta atraviesa el agobio de los fresnos, la piel de los lapachos,
con dardos de cigarras, con dagas de vigilias, de sosiegos.
Y los duendes escapan de todas las cortezas para atisbar el fondo del olvido.
Sobrevolando encima de los charcos como si se tratara de un espejo, una fuente de piedra,
un palantir de fuego que les permita liberar los pórticos, eludir emboscadas.
Los duendes que protegen los vuelos, los capullos, los racimos.
Por afuera del huerto el reloj de las islas adelanta el verano.
Martiriza a las hojas con sus horas punzantes, con agujas de vértigo, con cuadrantes de sol alucinado.
Les muerde el corazón.
Las asesina.

Acerca de los ritos.

Es por todos sabido que cada dinastía de los elfos preserva sus secretos en arcones, estanques, laberintos.
Y cuando el alba evade los misterios del roble
se reúne en las inmediaciones de los fuegos para retransmitirlos a través de los códigos antiguos.
Advierten que no es bueno aventurarse por las colinas huecas a la hora del crepúsculo
donde es inevitable toparse con la hueste.
Con esa desdichada comitiva que secuestra los sueños y luego los devora entre dientes oscuros, afilados.
Recuerdan que resulta conveniente atar guirnaldas de camelias blancas o quizás margaritas a los altos portales de los huertos.
Consideran el número de cruces, las señales litúrgicas impregnadas del óleo que tejen las almendras
para encender la magia sobre la frente pura de los príncipes.
Para impedir su entrada a los caminos donde florecen pájaros y frutos y las flores se esfuerzan en parir colibríes a pesar de la ausencia.
De lo contrario habrá un dolor trepando por las entrañas mismas del subsuelo
tal como si la hiedra o la llovizna cubriera las estatuas, los nombres que nombraron sus asombros, las largas cabelleras del olvido.
Se entregarán los huecos de la sangre a cualquier carretera de verano,
velarán cada espectro como si fuera el último,
cavarán los terrones tal como si quisieran inhumar breves bulbos de esperanzas, diamelas, mariposas.
Se ofrendarán los párpados para que los destrocen los murciélagos entre los campanarios del silencio
hasta que alguien pronuncie la llamada detrás de los umbrales tallados en la piedra.
Se ocultarán relojes caídos de rodillas junto a dalias fragantes crucificadas de rocío,
de lámparas selladas para siempre o hasta el insomnio de otros funerales.
Se construirán plegarias cargadas de desnudas profecías, clavelinas, duraznos.
Deambularán sobre los talismanes como si no pudieran encontrar los senderos.
Se vestirán de luto.
Asistirán a las mutilaciones de las vides.
Quitarán una a una las astillas de luna que trizaron sus pobres corazones. Comenzarán los días de la muerte.
Como en las pesadillas.
Como hace mucho tiempo.

Acerca de las huellas.

Para encontrar las huellas en los desfiladeros de la sombra hay que encender los párpados.
Y andar hacia la luz multiplicada en vértigo de astillas devorantes.
En la edad no nacida.
Para encontrar vestigios de esas huellas hay que bucear en lo alto de la noche hasta que el sol renazca,
hasta que se adivine su mirada de claras insolencias entre la desnudez de las retamas y algunos crisantemos regurgiten su polen ambarino
y el horizonte sea un fulgor que nace más allá de los miedos.
Para encontrar los signos de las huellas hay que hurgar entre matas y plantíos hasta que el alba llegue, sigilosa, cuajando los panales,
la sangre de las uvas, la templanza, las gotas de rocío aferradas al borde de las hierbas,
a la modestia de los brotes tiernos, a las impertinentes telarañas urdiendo sus encajes en el ramaje del verano.
Para encontrar indicios o señales,
perfiles de pisadas sobre las nervaduras de las piedras, las entrañas del fango, las arenas salvajes, la piel de los helechos, la espalda de los musgos,
hay que adiestrar los ojos, sostener el esfuerzo, defender la esperanza y hacerse responsable de las rosas.
Y si acaso no basta,
tal vez sea necesario instaurar talismanes: una liturgia, un sueño, una leyenda de maderos gastados.
Enhebrar gargantillas de palabras, guirnaldas de piadosas margaritas, breves escapularios donde guardar un rizo, un rostro, una plegaria,
plumas de colibríes, huesos como reliquias,
amuletos nacidos de la sangre, la memoria, las grietas del lenguaje.
Algún cenote, altar, cosmogonía,
donde ofrendar un corazón de pájaro al severo regazo de los dioses, como salvoconducto o patrocinio.
Y aun cuando no alcance,
transitar las tinieblas curando las heridas de cada desengaño, repitiendo cautelas, laberintos, preguntas encrespadas
hasta que los silencios se desgarren como un cielo tendido en el advenimiento del relámpago.
Proseguir caminando entre la incertidumbre y el asombro
inaugurando todos los milagros
hasta que los latidos de la hoguera estallen en el tiempo,
en la estupefacción de las camelias, en el reverso de los vaticinios.
Para rastrear las huellas
hay que encender los párpados.

Acerca de los duendes.

En el instante en que las buenas gentes entreabren el misterio,
un lenguaje de musgos, de arroyuelos cantando entre las piedras, de susurros de brisa, se extiende en las camelias ahogadas por la esencia de la noche cayendo en cataratas.
Y en torno a las colinas,
entre hendijas de párpados,
ellas salen en largas procesiones vistiendo esas texturas de los hilos sedosos devanados en ruecas milenarias por las vírgenes ciegas
que recaman perfiles de corolas con cada lentejuela de rocío hurtada a las mejillas de la luna
en tiempos en que vagan las almendras elaborando el óleo que quiebra los hechizos.
Son bellos y salvajes como los colibríes.
Comen bayas maduras y racimos jugosos y los huevos de pájaros con el pecho amarillo y una miel agridulce
recogida en los cuernos de los corceles blancos nacidos en rincones recónditos, propicios, de los bosques sombríos.
Beben en verdes cálices el agua de escondidos manantiales o el néctar destilado por las flores silvestres, silvanas, amapolas,
que embriagan los sentidos hasta encender el sueño.
Hablan en el idioma de las razas antiguas y su sabiduría conoce los secretos de todas las mañanas
desde la edad del Caos, desde la edad del mar, de los peñascos, de la niebla encrespada,
antes del nacimiento de los hombres y su horrible pecado castigado por diásporas y filos encendidos al este de la tierra donde moran los dioses.
Son bellos y salvajes como los colibríes.
En ciertas ocasiones, cuando llovizna polen de ceniza sobre los abedules,
si un sonido de lámpara naciendo se posa en los ramajes,
sus alas se adivinan sobrevolando sitios primordiales y ofrendan las glicinas de los huertos su fragancia alilada.
Y no debe mirárseles al fondo de los ojos,
ambarinos y quietos y profundos como un viento que quema la memoria, que quiebra talismanes y conjuros
porque las carnes tornan de un marfil tan intenso que hasta la misma sangre intenta detenerse como si, de improviso,
estallara un presagio en los espejos.

Acerca de los sueños.

El señor de los pájaros fue el primero de todos sus hermanos en transformar la soledad en música.
Nació predestinado a largas cabelleras, tristeza de magnolias derivando en los cauces de la sangre
y esas ciertas sonrisas que no alcanzan para encender los ojos.
En sus días, las ramas de los nísperos, de los olivos y los limoneros
capturaban canciones y poemas bajo el silencio azul de las escarchas.
Era hijo del viento y de la reina de las mariposas.
De su padre heredó las levedades, el idioma de ciertos semilunios, las fragancias y los desmesurados torbellinos.
De su madre los vuelos, nostálgicos, tenaces, minuciosos, translúcidos, los universos verdes.
Creció en medio del huerto y engendró la esperanza en tiempos en que pocos recordaban el destino final de los senderos
y algunos talismanes ya habían abdicado a deshacer hechizos
y los dioses de las vegetaciones traicionaban los pactos.
Con sus uñas de plata desarraigaba voces que insistían en aferrarse al alma del crepúsculo
y se obstinaba en desceñir cadencias en el ritmo preciso,
en la exacta bravura con que la noche, siempre acantilada, interceptaba el pulso de la tarde.
El señor de los pájaros establecía sus insurrecciones en esas latitudes donde se santiguaban las glicinas
y desovaban lunas los relojes, entre caparazones de tortugas heridas por el rayo de la muerte.
Durante interminables desconfianzas las sombras intentaron extirparle los sueños.
Durante largos miedos ocultó las heridas,
esas llagas que olían a cadáver o a lágrima o a niebla.
Durante dudas y fugacidades regresó sin abrazos por el camino de los tulipanes.
Hasta que en las riberas del otoño, una begonia con un ala rota atrapó su mirada y se reconocieron.
A su boda asistieron sólo las mariposas.
El viento ya no estaba.

Acerca de la siesta.

Nace desde el sigilo.
Se abre como los frutos del granado ofreciendo puñados de rubíes
mientras labran sus soles los surcos del agobio en las pieles salvajes.
Y el perfil de los duendes o los ángeles desfigura cortezas entre olivos, endrinos y naranjos.
Los duendes de la siesta, antiguos fundadores de los huertos,
custodios de levísimas moradas, secretos y conjuros.
Sucede cuando afuera de los muros sobrevuela el silencio.
Cuando nada conmueve el alma de los fresnos, las tímidas acacias o el plumaje insolente de los jacarandáes.
A la hora en que el misterio desborda los pretiles del asombro.
A la hora en que estallan las cigarras.
A la hora de los druidas.
Ocurre, algunas veces, cuando llueve y el agua se desliza mansamente entre las nervaduras y capullos.
Y los pájaros quedan en suspenso.
Tal como si acecharan presagios o racimos.
Ocurre, algunas veces, cuando llueve y es una maravilla percibir los contornos a través de la bruma.
Y los elfos, las hadas, se abandonan sobre los alfeizares de las rosas a platicar acerca de cuestiones que guardan relación con sus oficios.
Y las gotas de lluvia cuelgan de sus cabellos, como esferas de nácar, como fragmentos de cristal tallado.
Y cantan las magnolias sus fragancias oscuras.
Sin embargo parece que no hay nadie.
En otras ocasiones acontece en medio de la furia,
en tanto se encabritan los cardos, las ortigas, piafando sobre hierbas que ya no resucitan.
Es cuando los señores de la magia se refugian en altas hornacinas, en torno a los altares,
hasta que el mundo calla y es posible regresar al follaje a defender alondras, colibríes, pimpollos de palomas,
a evitar que el olvido cubra de telarañas los caminos, a cuidar los plantíos de alhelíes, adelfas y geranios, a destejer guirnaldas de rocío sobre las azaleas.
Mientras el sol excava en la piel de los miedos, las ausencias, los llantos, las distancias,
se abre como los frutos del granado,
ofrece su textura de rubíes.
Nace desde el sigilo.

Acerca de la riada.

Los regueros de hormigas treparon por encima de retamas, madreselvas, bignonias, hiedras enamoradas de los muros,
escapando de los presentimientos que avanzaban sin pausa entre los estertores de las hierbas.
Fue cuando en la alta lluvia desmadraron su furia los estanques.
Y las hojas de todas las begonias, de todos los geranios se ahogaron en el lodo, en el limo salvaje, en la audacia del cieno.
Cuando anduvo la muerte rondando como un cuervo sobre el jacarandá, sobre los plátanos.
Y un enjambre de lirios desveló su tristeza en la alta arquitectura del silencio.
Y era otoño.
Y llovía.
Cuando la soledad erró por los caminos con su antifaz de tul, sus lentejuelas, sus torpes canutillos recamando vulnerabilidades, racimos de infortunios.
Pero dolían con dolor estricto.
Y centurias de hocicos afilados emigraban al este esquivando las fauces de la noche que ya estaba naciendo.
Y los ángeles niños alineados en todas las cornisas no encontraban plegarias.
Y los dioses se habían escondido de los hombres para no conjugar explicaciones.
Y los lobos.
Los lobos ululaban un pavor iracundo.
La luna estaba grávida de sombras.
Con su párpado negro, con su túnica negra, con sus negras puntillas, sus negros abanicos,
navegaba entre nubes pronunciando en secreto los nombres de la ausencia, desgarrando las médulas del miedo.
Pero el agua seguía con su juego siniestro.
A ras de la demencia decretaba la asfixia, inundaba rincones, altares, alacenas, proyectaba los días del olvido.
Fue en mitad del otoño.
En el atardecer del penúltimo eclipse.
Abril ya se aprestaba al holocausto de viejos calendarios.
A la hora en que los pálidos señores, el señor de las viñas, el señor de las paltas, los antiguos pastores de los nardos, crespones y jazmines,
treparon por las frondas a custodiar la luz de las luciérnagas, la antigua ruta de las mariposas,
los bulbos sepultados por los dedos del fango hasta que se fundara la mañana.
Entonces, sobre el llanto, sobre la integridad de las violetas, sobre el despojo y los escalofríos, el agua fue rindiendo sus baluartes.
Sin arrepentimientos.
Sin apremios.
Como si no pudiera con los pájaros.

Acerca del comienzo.

La actitud que mantienen los pueblos primordiales -habitantes de reinos paralelos- hacia las dinastías de los seres humanos
es casi imprevisible, rodeada por los halos del misterio y esquiva como pocas.
Sólo quienes reciben el número secreto de todos los solsticios,
las almas obstinadas que derrotan las cóleras lunares,
los héroes que aseguran cada salvoconducto a fuerza de templanza,
reciben el legado a través de leyendas y retratos
y les es permitido conocer los rincones de la noche donde nace la magia.
Porque hubo un tiempo, antes de la sombra, donde la convivencia con sabios nigromantes impedía que nadie ignorara los códigos,
los símbolos antiguos grabados en la piedra con cinceles de fuego.
Fue en la edad de los lobos, de las torres malditas, de oráculos de azogue, de aguas que iluminaban las oscuras cavernas con resplandor de nácar
y aquel presagio ardiendo en las gargantas de todas las magnolias.
Fue en los días del pájaro silbando desde las nomeolvides y el oído del hombre que escuchaba, bajo los olivares desvelados,
como el silbo nocturno llamaba a los rediles sus rebaños de sueños mientras todos dormían en los huertos
y el pájaro insistía junto a las nomeolvides a punto de estallar la medianoche.
Fue al comienzo de todas las mareas,
cuando andaban los dioses amasando en el légamo para parir gigantes, bosques como marañas espinosas,
hombres de piel sombría, montañas erizadas, miradas inocentes, alas tenues, zarpas como cuchillos,
arboledas proscriptas, racimos de pecado, mujeres como estatuas y zarzales ardiendo en los desiertos.
Cuando al este de todos los destierros, en la colina de las calaveras,
los maderos trenzaron su estructura de miedo inexplicable
y la sangre corrió por las mejillas en la descarnadura de la pena, como una roja lluvia bienhechora fecundando los surcos henchidos de palabras.
Y el eco de su nombre repetido rebanó el calendario como un filo tajante.
Y todos los eclipses se enfrentaron sobre aquellos peñascos sin sellos ni escondrijos.
Hasta que al fin, en un jardín oculto, floreció, bella y triste, la esperanza.
Y la vida, de nuevo, triunfó sobre el silencio.
Aunque pocos recuerdan el mensaje tallado sobre las soledades de las piedras con cinceles de fuego.

Acerca de vigilias.

En el reino intermedio
-entre las floraciones del oeste que los hombres llamaron pensamientos,
círculos de invisibles amanitas, plantíos de dedales como fuego donde siempre llegaban a libar las abejas
y un monte de campánulas oscuras a cuya dulce sombra las elfinas del aire tejían sus embrujos-
en plena primavera, los dioses susurraron el perfil de su nombre.
Se la conoce con distintas voces:
antigua dama de los caracoles, guardiana de los huertos, reina de los jardines solitarios.
Afuera de sus muros rugen los vendavales.
Pero ella permanece tras los pórticos como si no escuchara.
Porque sólo su madre debió haberle entregado las llaves que desnucan los misterios.
Almacena ternura para nutrir las altas varas de los gladiolos, siempre huraños, lejanos, insolentes.
Protege a las magnolias de toda una bandada de horizontes
y a las dalias bermejas, desmesuradamente golondrinas, cuyos bulbos quedaron sepultados bajo las margaritas.
Vigila cada tallo, cada hoja, de las urgencias de los caracoles.
Vigila cada tallo.
Cada hoja.
Vigila.
¿Y si una madrugada los dedos del rocío decapitan las matas de jacintos?
¿Y si los maleficios de la hortensia ahogan las semillas?
¿Y si alguien se atreviera, nuevamente, a sepultar la luna entre escombros de lirios?
¿Y si el destierro crece hasta erizar fronteras donde nadie recuerde el idioma que hablaban los antiguos patriarcas de la bruma?
¿Y si un solsticio de estos regresara el señor de las heridas a reclamar un sitio en la esperanza
y no pudiera contra las violetas que le arañan los párpados abiertos al insomnio desde hace tanto tiempo?
Afuera de sus muros rugen los vendavales.
Pero ella permanece tras los pórticos como si no escuchara.
Y extirpa las malezas, sepulta tulipanes, inyecta fresca savia de almudenas para saciar los sueños de los príncipes elfos,
desnuca las ortigas que asedian a la maga
o los secos silencios que le hielan la sangre cuando aúllan de miedo los olivos.
Porque sólo su madre
debió haberle entregado la clave bautismal de sus secretos.

Acerca de espejismos.

La comarca es un feudo presentido más allá de los muros.
Más allá de los huertos donde aguardan los duendes el tiempo del retorno.
Desdeña memoriales, evangelios, bitácoras de viaje.
Se rige solamente por la edad de la sombra, las fases del silencio o la repetición de los fantasmas.
No acontece salvo en la irradiación de los jazmines.
No sucede sino en el desamparo.
Pero construye calles como párpados ante una parsimonia de zaguanes custodios de fragancias, de misterios, de ocultas floraciones.
Pero extiende sus calles al abrigo de fresnos o plátanos o robles o acacias desvergonzadamente celebrantes.
Pero extiende sus calles al borde de los templos consagrados, desde la voluntad de las espadas, a los señores de los desconsuelos,
de las pulcras desdichas, de los martirizados corazones.
Los templos ofrecidos a los santos señores que derramaron toda su agonía en la arena del circo
y ahora están ubicados encima de los cirios, alrededor de los altares, sosteniendo en sus manos una vara de nardo o azucena o inocencia o paloma.
Pero teje la trama de casonas dormidas, de retratos en sepia, desde los bastidores del olvido.
Pero entrecruza agudas lanzaderas por la azul espesura de los mitos, las sagas o la cosmogonía de las lluvias
donde sacian su sed los equinoccios, las aves, las cosechas.
Pero despliega calles ordenadas hacia la desmesura de los ríos que siempre merodean en torno a su cintura de suburbio,
de sueño clandestino, de salvaje naufragio.
Allí donde las tapias van cediendo perfiles a los cercos, a las enredaderas de rosas en racimo, cálices de campanas,
demencia de encendidas madreselvas,
instrumentos de muerte, clavos, espinas, sangre, en las corolas de las pasionarias.
Mientras gime en los charcos la honda melancolía del crepúsculo.
A la hora del ángel.
Porque ella no acontece salvo en la convicción de los delirios.
Porque ella es sólo un feudo presentido más allá de los muros.
Más allá de los huertos donde aguardan los duendes el tiempo del retorno.
La comarca no existe.

Acerca de agonías.

Apareció la sombra.
Era toda de ortigas, de vinagre. Caminaba descalza.
Había en el insomnio ese estupor salvaje que precede a los días de la furia.
No parecía el tiempo destinado para que detonaran las anteras en una llamarada tan intensa.
Sin embargo los vientos dejaron al desnudo la agonía, aristas de serbales, llagas como amapolas o ramos de campánulas bermejas, pústulas de begonias
y las huellas secretas de tánganos y trasgos huyendo hacia la hondura del sigilo.
Y aunque fuera bastante conocido que en la naturaleza de estos duendes los dioses cometieron el pecado de la inmortalidad y la perfidia
nadie estaba seguro de que salieran a inmolar los sueños o a mutilar el vuelo de algunas mariposas mientras el huerto estaba entregado al olvido.
De entre el silencio huyó como en enjambre la loca algarabía del azogue.
Volaban por el aire de diciembre reflejando la piel de los retratos, los espantados flancos del abismo, los ojos de un agobio donde convalecían las tristezas.
Huía desde el silencio mientras argumentaba con el cielo por las causales de los abandonos.
No parecía el tiempo destinado a refundar la savia,
a reconstruir la paz que reclamaban las dalias de los pétalos oscuros, los ásperos gladiolos.
Antes de que la fiebre lo advirtiera. Antes de que la niebla lo advirtiera. Antes de que la muerte lo advirtiera.
Aún no habían nacido las magnolias.
A través de la noche una luna caníbal, sofocante. Un resplandor ajeno colgando en el perfil de la ventana. Grávida de vergüenza.
Envuelta en el sayal de sus complicidades. Lejana como nunca. Más allá de la pena.
La guardiana del huerto yacía en el despojo con las alas quebradas para siempre, aguardando lloviera la ternura con su voz de amaranto.
Aguardando lloviera la ternura.
No parecía el tiempo destinado a aventurarse entre los vidrios rotos, entre los muros rotos, entre los huesos rotos, a apenas dos sollozos del vino y la alegría.
Había en el insomnio ese estupor salvaje que precede a los días de la furia cuando cruzó la sombra entre las nomeolvides.
Era toda de ortigas, de vinagre.
Caminaba descalza.

Acerca del reencuentro.

Será en la edad madura.
Cuando la pulpa fresca del durazno perfume los crepúsculos.
Al caer de las rosas.
Detrás de la neblina, los nombres bienamados, los rostros bienamados, renacerán entre los nomeolvides
como si algún conjuro pusiera del reverso la trama de la ausencia.
Será a la hora en que el alma se adormezca, dulcemente, entre matas de hortensias y racimos.
Cuando la uva se entregue a la vendimia.
Cuando los primitivos habitantes, los seres primordiales, orfebres de la fronda, talladores de bayas y capullos salgan a los caminos
y los filos oscuros de las dalias rasguen el corazón de la distancia.
Y de los ojos puros de los ángeles, los ojos que cegaron las vigilias, emerjan en bandadas las luciérnagas.
Alzará la armonía tensas arquitecturas de hojas verdes,
como cúpulas verdes, como domos, en alabanza al dios de los venados y las vegetaciones y el misterio.
Y los únicos templos,
los únicos altares habrán de edificarse en el rocío.
Y un aroma a aire puro,
a alba salvaje,
a luz amamantada por pezones de lluvia restaurará las claves de todas las liturgias.
Y el cielo será límpido.
Nuestra señora de las soledades trenzará su cabello con hilos de ceniza, con hebras de ternura,
en tanto que el altivo protector del silencio encenderá los ceibos con su ardiente mirada
y vagará entre blancos laberintos, entre las torres blancas, nuestra señora del olvido, la dama de la estricta desmemoria
custodiando los bulbos de campánulas que el señor de los vientos deposita en los huecos de la higuera.
Sólo la reina de las mariposas aseará su belleza en el estanque de los lirios.
En úteros de plata los espejos engendrarán las alas, alguna insurrección de colibríes sobre la placidez de las gardenias, un rumor de palomas hacia los tulipanes.
Porque será en el tiempo de los pájaros.
Hacia la claridad de las glicinas.
A la hora en que el alma se despliega y haya llegado el tiempo del reencuentro.
Al caer de las rosas.

Acerca de fantasmas.

Si brotan entre la hierba buena las tímidas corolas de esperanzas silvestres,
las hojas de los robles despliegan sus tapices de penumbra y se hace innecesario cubrir las desvergüenzas.
Es la hora en que desfilan los recuerdos por la negra avenida de la noche y la magia se vuelve verdadera.
Es la hora en que una sombra, delgada y pequeñita, destrenza su copiosa cabellera de eterna soledad bajo la perfumada quietud de las glicinas.
Es la hora en que los tallos emiten sus gemidos junto al muro del norte y amedrentan a orugas, hormigas, caracoles que siguen empeñados en escalar el cerco,
arañas hilanderas tejiendo los silencios entre los blancos cálices que erizan la penumbra sobre la desvelada impiedad de la acequia.
Es la hora en que se inscriben en el oscuro libro del destino los rostros, las historias y los nombres en el único idioma de los sueños,
el que conoce el fondo de todas las pupilas,
el que navega el cauce de la sangre sin recurrir a estrellas ni sextantes.
Es la hora de los salmos y los salvoconductos.
Es la hora en que la luna vierte azúcar en los frutos del huerto, albaricoques, brevas, estuches de rubíes, que las sombras plantaron entre silbos y fragancia a tabaco.
Y arde en sus pebeteros amarillos el espíritu fiel de las retamas
para encender la sombra en que los nuevos elfos reciben la diadema de su sabiduría
y pronuncian el número preciso de todas las palabras que liberan historias de magos capturados en ásperas cortezas,
de ninfas que custodian los secretos del viento,
de dioses que sucumben en mitad del eclipse y los temblores derrotando a la muerte y al olvido;
y el aceite de almendras que elimina la huella del pecado.
Es la hora en que a veces, a lo lejos,
las alas de nocturnos alhelíes atraviesan la atmósfera dormida con batientes susurros agoreros y es conveniente recitar conjuros que bendigan las huellas,
que les quiebren el paso a los hechizos,
para que nada altere la memoria de cada dinastía encarnada en las noches de verano
cuando florecen entre hierbas buenas las tímidas corolas de esperanzas silvestres
y las hojas del roble despliegan sus tapices de penumbra
y se hace innecesario cubrir las desvergüenzas.

Acerca de la risa.

Yendo por el camino de las siemprevivas, por el sendero de los caracoles,
podían divisarse sus vitrales encendidos de música y hogueras desmedidas.
Desde las altas torres recitaban el número preciso de todos los eclipses
y expulsaban bandadas de palomas que cruzaban el alba hacia el refugio de los carrizales.
Su huerto era salvaje, desprolijo, un huerto sin plantíos, un caos de rosales, achiras, margaritas junto a las altas tapias de la entrada
y, hacia los carrizales de la frontera norte,
un territorio yermo donde sólo cantaban los filos de las cañas contra redes de urdimbres sitiadas por el óxido.
Eran rudos.
Contaban y cantaban con voces de begonias o amarantos.
Calzaban una risa escandalosa mientras flotaban sobre los terrones como si no pudieran con el júbilo.
No existían los robles en su escudo,
sólo antiguos pinares, sólo sauces, timbóes, laureles o quebrachos
y la luna que siempre los seguía como un nardo de plata.
Tenían, casi todos, miradas transparentes como las alas de las mariposas.
Eran altos, hermosos, pacíficos, risueños a fuerza de talar en las mañanas la memoria de todas sus desdichas.
Ninguno custodiaba injurias ni tristezas en arcones de fresno o paraíso.
Nadie montaba guardia para cuidar angustias.
Junto a la entrada sur de su castillo, las almas de los pálidos vecinos suplicaban un poco de silencio
pues se hacía imposible escuchar la oración de las aljabas a la hora en que el ángel vagaba en los jardines.
Desde sus altas torres desposaban violetas, alhelíes, varitas de azucena o jacintos azules,
mientras en los rincones escondidos
la antigua dama de lo apetitoso preparaba pasteles con cebollines verdes, azúcar escarchada, promesas de olivares,
canastillas de huevos hurtadas al nidal de las gallinas, carne desmenuzada sobre su misma sangre, uvas de piel rugosa, cominos, pimentones,
y se ofrecía arroz en sacrificio
y hasta se devoraban los azahares espolvoreados con lloviznas breves servidos en bandejas que humeaban todavía.
Yendo por el camino de las siemprevivas,
por el sendero de los caracoles,
podían divisarse sus vitrales encendidos de música y hogueras desmedidas.
Encendidos de música.
Encendidos.

Acerca del paisaje.

Detrás de los confines de los huertos corre desnudo, extenso, el padre de los ríos.
Aparece a la vuelta de un recodo fundando los asombros.
Con su carga de troncos, con su lomo descalzo, sus crines tutelares
y los urgentes cascos de la espuma embistiéndolo todo.
Arrollándolo todo. Sepultándolo todo.
Se inscribe en su cintura toda la desmesura de la selva,
hojas como corolas, como pétalos verdes, como enormes racimos, como helechos
y la sonoridad de una intemperie cargada de gaviotas, golondrinas, garzas de pico agreste.
Y las palomas.
Las arterias del fango, los músculos ocultos de la arcilla acontecen en la honda gravidez de su cauce.
En sus riberas nace la luz del horizonte, la distancia, las hondas lejanías.
Desde los matorrales emergen las mañanas embriagadas de silbos, de llamadas, de trinos afiebrados.
Los códigos maduros, las palabras aquellas que extraviaron los dioses.
Las plegarias secretas de los pájaros. El idioma salvaje.
En algunos eclipses se desboca.
Fluye desde la astucia, desde crudas malicias, desde ardides de potro sin cabestro, de garañón sin tregua
que se alza, se encrespa, se encabrita hendiendo las edades de la furia.
Y desgarra los sueños con sus belfos de cólera.
Y arrastra hacia la sal los sembradíos, la estricta densidad de las raíces, la espesura de párpados abiertos a la asfixia.
Los antiguos señores conocían su nombre, le hablaban al oído, lo montaban en pelo y cabalgaban entre los crepúsculos.
Le acercaban naranjos, diamelas, rododendros, le aquietaban la sangre.
Y él respondía oleajes, camalotes, espartillos, naufragios.
Y cantaba. Y contaba.
De su boca surgían remolinos, cardúmenes de peces de médula plateada y carne como nardo,
mariposas con alas de begonia, estrellas que solía comer a dentelladas cuando la noche andaba distraída tejiendo las escarchas.
Ahora habita un demente hemisferio de lluvias que ya nadie comprende.
Los antiguos señores emigraron hacia los territorios de la ausencia.
Los dioses extraviaron las palabras, los códigos, las claves.
Solamente los pájaros recuerdan el idioma salvaje.
Solamente los pájaros.

Acerca de la sombra.

Hubo una edad en que la sombra consumaba las noches con tanta alevosía que emigraban los sueños a lomos de encubiertos colibríes
y las brujas antiguas, negras, verdes, desnudas,
saciaban su apetito de amapolas arrastrando los tallos a la profundidad de los estanques.
Hubo una edad en que la sombra liberaba sus hordas de murciélagos en la orilla del miedo,
en que las clavelinas calzaban sus cegueras y el huerto se cubría con un manto de oscura desmemoria
y asfixiaban el aire los plantíos con aliento a alhelíes putrefactos.
Hubo una edad en que la sombra cobijaba las fauces de los lobos y sus ojos ardientemente rojos acechando detrás de la maraña.
Durante aquella edad de las tinieblas la traición anidó en los corazones
y los elfos se fueron por caminos de esporas hacia los viejos pórticos tallados en la piedra, a la hora del solsticio.
Por encima del viento solían escucharse los aullidos de ciertos tulipanes
y en todos los rincones oscilaban las lámparas, llamas fantasmagóricas, luces en lejanía
cargadas por los trasgos del silencio cuando salían a emboscar los nombres que fueran pronunciados entre dientes por quebradas ortigas.
Al eco de sus pasos levantaban el vuelo las lechuzas
y el insomnio tensaba los pestillos
y andaban los batracios arrastrando obediencias sobre matas de césped engañoso o penachos de hierbas.
Y aunque el espejo no los reflejara y olieran a crueldades o a lágrima encendida
no resultaba fácil dar con ellos para despedazarlos cuando lo dispusieran los hechizos.
Fue el tiempo de la furia destrozando azucenas.
Fue el tiempo de los odios horadando gladiolos, geranios, pensamientos con su rabo de espinas.
Cuando la hostilidad saqueaba los capullos.
Cuando las demenciales madreselvas rasgaban la esperanza, cubrían sus cabellos y gemían.
Hasta que una impaciencia la luna se detuvo a lloviznar ceniza en los senderos
y entonces fue posible capturar la textura de sus huellas, repatriar las pisadas, suspenderles el alma sobre las nomeolvides.
Hubo una edad en que la sombra se abrió como una dalia de pétalos altivos.
Y reinó en las honduras de los huertos.
Antes que amaneciera.

Acerca del embrujo.

Los antiguos señores tendían en el aire las alas de alabastro.
A la sombra dormían los cachorros nacidos de su sangre.
Tenían manos puras.
Recogían con ellas el alma de las flores, fresias, jazmines, rosas y glicinas, las bayas y los frutos.
Desposaban los hilos de la urdimbre con su aguja dorada como un rayo de sol que se filtra sin prisa en la demencia de los tilos.
Encendían guisados en calderos oscuros cuya entraña de cobre se saciaba con bulbos subterráneos, desnudeces de mansas avecillas, espadas de maíz y calabazas.
Los antiguos señores no cantaban.
Inventaban historias mientras viajaban entre los rododendros y su tono era dulce como la miel del bosque,
un tono de panales desvelados.
No sabían cantar. Nunca cantaban.
Tejían destejían sus relatos de duendes o gigantes capturados en la densa maraña de la siesta,
cuando el mundo era un caos y las hadas vagaban erizando la magia a paso de fantasma.
Claro está que su embrujo acontecía en la edad de las trenzas, cuando en las galerías del silencio nacían orfandades
y tulipanes de corolas azules o bermejas -según la luz quisiera iluminarlas-.
Los antiguos señores tensaban en la tarde sus redes de diamelas,
sus salvajes vitrales, sus arcángeles blancos.
Guardaban en arcones los tesoros traídos de los reinos lejanos:
aguamarinas, perlas, esmeraldas, aventuras en sepia, bitácoras de viaje,
ajados palimpsestos tatuados en idiomas que casi nadie osaba pronunciar en voz alta.
No sabían cantar. Nunca cantaban.
Solían elevarse sobre las nomeolvides con sus mantos de pálidas tristezas
y hablaban de la vida y de la muerte como si hablaran de las mariposas
aunque a veces mostraban sus garras como acero, sus colmillos de nácar,
como si fueran animales de ojos verdes untados por el óleo funerario de todas las tristezas.
Y con gestos de pájaro y lejía rompían telarañas entre las hierbas buenas.
Calzaban sus peinetas de marfil, sus horquillas de hueso, sus delicados pies de porcelana, sus alas de alabastro
y contaban historias como quien enumera las luciérnagas en las ardientes noches en que el calor devora la orilla del verano.
A la sombra dormían los cachorros nacidos de su sangre.

Acerca de la entrega.

Los amos de los huertos nunca entregan su sangre en presencia del día.
La muerte llega siempre de manos del sigilo, de la noche, de gotas implacables cayendo a las honduras de los vientres traslúcidos.
La muerte llega siempre de la mano de negras agonías, corazones gastados o heridos por el rabo del relámpago,
ejércitos de insectos devorantes de médulas, insomnios, relicarios.
Suele posarse lenta, levemente, sobre la dignidad de las corolas como si fuera el ángel del olvido, una desnuda estatua de alabastro con alas de ceniza,
infausta mariposa de silencio libando de los cálices abiertos, bebiéndose de un trago balbuceos, suspiros, náuseas, letargos, alucinaciones.
Llega siempre la muerte de manos del sigilo.
Más allá de los muros aúllan las higueras, las uvas en jauría, las diamelas, los altos colibríes
y gime la tristeza entre los amarantos, las matas de begonia.
Pero ella es implacable,
se empecina en vendimiar racimos con sus uñas de nácar.
Y resulta sencillo advertir su silueta bajo el atrevimiento de la luna,
el borde de su manto rozando los plantíos, su sombra agazapada al borde del estanque, asfixiando azucenas.
La muerte llega siempre de manos de la noche.
A la hora en que claudican las vigilias, los pabilos dispersos por los labios del aire, la absoluta custodia del aliento.
A la hora precisa en que se entrega el alma.
En que los dioses alzan la mirada para reconocerla.
Pronuncian brevemente su nombre indescifrable.
Establecen el alba, los robles, las alondras.
Y aún cuando los óleos hubieran conjurado sus pieles de jacinto,
aún cuando los ritos, las voces, las plegarias hubieran sido dichas en el momento exacto del eclipse, comienza el desconsuelo sucesivo.
Horas en que la ausencia abruma como nunca,
en que emigran sus rostros hacia lejanos puertos
y en ocultos rincones amordazan los lirios sus heridas profundas, sus dolores quemantes.
Y la vida atormenta como llaga.
Sin embargo,
siguiendo la liturgia de los viejos olivos,
los señores del huerto nunca entregan su sangre en presencia del día.

Acerca de la luz.

Llegará la mañana del día señalado por los dioses para que el huerto estalle como nunca en torno a los estanques,
impregnando de aromas las esferas, los calendarios rotos, las arenas descalzas capturadas en vientres de cristales llagados por la luna;
preludiando los pétalos del alba, las intensas corolas desvelando las pieles de los lirios.
Entonces,
de improviso,
la luz detonará entre las azucenas
y los nombres secretos de los elfos horadarán el aire en una algarabía de jazmines.
Las palabras calladas durante la impiedad de los eclipses retomarán su ritmo de conjuro, de salmodia precisa.
Serán solemnemente pronunciadas por los labios del viento.
Las palomas liberarán sus vértigos azules, su dulzura de bayas, su identidad de grávidos arrullos, su avidez de horizontes.
Encenderán el regocijo.
Desprendidas del tallo, de las hojas, de las verdes prisiones de sus cálices,
las almas de camelias peregrinas emprenderán el viaje hacia los puertos, hacia las blancas costas, hacia las torres blancas.
Lejos de los brumosos laberintos y el corazón cerrado de la noche.
Se escuchará el llamado de los robles junto a la densidad de los helechos.
Habrán de regresar los unicornios de sus lejanas diásporas, galopando sobre la espalda de los musgos tiernos
y, envueltos en sus alas deslumbrantes, los príncipes del reino retomarán las sendas del origen,
arderán en vorágine de lámparas, en una llamarada de luciérnagas.
Después de desandar las espirales, las cavernas, las secas dentelladas de las fauces oscuras.
Antes de atravesar los pórticos de piedra que jalonan rituales y solsticios y esa bifurcación de los umbrales hacia las dimensiones del misterio.
Y aunque anden los demonios azotando sus rabos de tiniebla entre las margaritas.
Aunque se empeñen en tejer penumbras, ardides como niebla desmedida, rastreras artimañas,
la luz parirá luz sobre las hierbas, sobre la castidad de las magnolias.
La luz renacerá salvajemente.
En lo alto del olivo su estatura de hoguera, de demente amapola.
Afiebrada su médula de plata, de azogue esmerilado.
Indomable la entraña.
Como fue en el principio.

Música

Esta obertura ha sido creada especialmente para el libro por el músico Raúl Segades, padre de Tiago. Historias para Tiago ( obertura) by Raúl Segades

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