Para Tiago Segades Porta, príncipe de los elfos, señor de los olivos, heredero de ausencias.

Acerca de la entrega.

Los amos de los huertos nunca entregan su sangre en presencia del día.
La muerte llega siempre de manos del sigilo, de la noche, de gotas implacables cayendo a las honduras de los vientres traslúcidos.
La muerte llega siempre de la mano de negras agonías, corazones gastados o heridos por el rabo del relámpago,
ejércitos de insectos devorantes de médulas, insomnios, relicarios.
Suele posarse lenta, levemente, sobre la dignidad de las corolas como si fuera el ángel del olvido, una desnuda estatua de alabastro con alas de ceniza,
infausta mariposa de silencio libando de los cálices abiertos, bebiéndose de un trago balbuceos, suspiros, náuseas, letargos, alucinaciones.
Llega siempre la muerte de manos del sigilo.
Más allá de los muros aúllan las higueras, las uvas en jauría, las diamelas, los altos colibríes
y gime la tristeza entre los amarantos, las matas de begonia.
Pero ella es implacable,
se empecina en vendimiar racimos con sus uñas de nácar.
Y resulta sencillo advertir su silueta bajo el atrevimiento de la luna,
el borde de su manto rozando los plantíos, su sombra agazapada al borde del estanque, asfixiando azucenas.
La muerte llega siempre de manos de la noche.
A la hora en que claudican las vigilias, los pabilos dispersos por los labios del aire, la absoluta custodia del aliento.
A la hora precisa en que se entrega el alma.
En que los dioses alzan la mirada para reconocerla.
Pronuncian brevemente su nombre indescifrable.
Establecen el alba, los robles, las alondras.
Y aún cuando los óleos hubieran conjurado sus pieles de jacinto,
aún cuando los ritos, las voces, las plegarias hubieran sido dichas en el momento exacto del eclipse, comienza el desconsuelo sucesivo.
Horas en que la ausencia abruma como nunca,
en que emigran sus rostros hacia lejanos puertos
y en ocultos rincones amordazan los lirios sus heridas profundas, sus dolores quemantes.
Y la vida atormenta como llaga.
Sin embargo,
siguiendo la liturgia de los viejos olivos,
los señores del huerto nunca entregan su sangre en presencia del día.

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Música

Esta obertura ha sido creada especialmente para el libro por el músico Raúl Segades, padre de Tiago. Historias para Tiago ( obertura) by Raúl Segades

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