Para Tiago Segades Porta, príncipe de los elfos, señor de los olivos, heredero de ausencias.

Acerca de las huellas.

Para encontrar las huellas en los desfiladeros de la sombra hay que encender los párpados.
Y andar hacia la luz multiplicada en vértigo de astillas devorantes.
En la edad no nacida.
Para encontrar vestigios de esas huellas hay que bucear en lo alto de la noche hasta que el sol renazca,
hasta que se adivine su mirada de claras insolencias entre la desnudez de las retamas y algunos crisantemos regurgiten su polen ambarino
y el horizonte sea un fulgor que nace más allá de los miedos.
Para encontrar los signos de las huellas hay que hurgar entre matas y plantíos hasta que el alba llegue, sigilosa, cuajando los panales,
la sangre de las uvas, la templanza, las gotas de rocío aferradas al borde de las hierbas,
a la modestia de los brotes tiernos, a las impertinentes telarañas urdiendo sus encajes en el ramaje del verano.
Para encontrar indicios o señales,
perfiles de pisadas sobre las nervaduras de las piedras, las entrañas del fango, las arenas salvajes, la piel de los helechos, la espalda de los musgos,
hay que adiestrar los ojos, sostener el esfuerzo, defender la esperanza y hacerse responsable de las rosas.
Y si acaso no basta,
tal vez sea necesario instaurar talismanes: una liturgia, un sueño, una leyenda de maderos gastados.
Enhebrar gargantillas de palabras, guirnaldas de piadosas margaritas, breves escapularios donde guardar un rizo, un rostro, una plegaria,
plumas de colibríes, huesos como reliquias,
amuletos nacidos de la sangre, la memoria, las grietas del lenguaje.
Algún cenote, altar, cosmogonía,
donde ofrendar un corazón de pájaro al severo regazo de los dioses, como salvoconducto o patrocinio.
Y aun cuando no alcance,
transitar las tinieblas curando las heridas de cada desengaño, repitiendo cautelas, laberintos, preguntas encrespadas
hasta que los silencios se desgarren como un cielo tendido en el advenimiento del relámpago.
Proseguir caminando entre la incertidumbre y el asombro
inaugurando todos los milagros
hasta que los latidos de la hoguera estallen en el tiempo,
en la estupefacción de las camelias, en el reverso de los vaticinios.
Para rastrear las huellas
hay que encender los párpados.

1 comentario:

nélida dijo...

Maravilla de tu pluma, que puede decir tan mágicamente un mundo de hadas, de elfos, de maga y huellas.
Una belleza! Me encantaría tener este libro, ¿lo podré conseguir aquí en Córdoba?
Te sigo leyendo
Un fuerte abrazo

Música

Esta obertura ha sido creada especialmente para el libro por el músico Raúl Segades, padre de Tiago. Historias para Tiago ( obertura) by Raúl Segades

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