Para Tiago Segades Porta, príncipe de los elfos, señor de los olivos, heredero de ausencias.

Acerca de la aldea.

Conserva un suave gesto de abandono,
los rasgos de la ausencia apresados en el óvalo de un viejo relicario como aquel rizo opaco que nadie reconoce.
Es un rostro entre azogues,
una fotografía en tonos sepias de algo que ya no existe,
que jamás ha existido salvo en la desmemoria de encajes, terciopelos, abanicos de nácar, peinetones, zarcillos.
Hacia la plenitud de los cereales, el sur le extiende su actitud de pan, de lluvia sin cerrojos;
le entrega sus corolas de ceniza, su estambre de humo espeso.
El sur es una dalia advenediza que enciende lejanías por donde migran ángeles y dioses
tal y como si fueran hojas secas en el advenimiento del otoño.
Hacia el norte acontece el reino del delirio,
el perfil de un silencio que aúlla como ortigas o eclipses o cigarras;
como el vientre desnudo de los cardos reclamando otro cáliz, otro estambre desde donde parir las soledades,
la impenetrable angustia de la sed y la espina.
Hacia el norte sucede el seco territorio del olvido.
Las espadas vinieron a fundarla en medio de sus ríos.
La pensaron albatros, golondrina. Ella tuvo actitud de mariposa.
En las manos cruzadas sobre el pecho retiene el mismo gesto desvalido
de quien ya no recuerda las sílabas estrictas que aluden a la luz de la esperanza, conjuran algoritmos o naufragios.
El gesto desolado de quien clausura cielos y horizontes con urdimbres de espesas telarañas
impidiendo a los duendes sobrevolar la tarde, custodiar las palomas, amparar los follajes de campanas.
Por eso, cuando trepan las auroras sobre la arboladura de los templos,
cuando el reloj del claustro amnistía los trinos con su dedo de sombra,
cuando las aves nacen al arrullo, al hambre cotidiano;
escarba con las uñas debajo de los sueños en busca del idioma que la nombra por su nombre de santa.
El nombre que tatuaran las leyendas en registros, archivos y sepulcros.
Las espadas llegaron a fundarla en medio de la nada.
La pensaron camelia, siempreviva.
Ella escogió lo efímero y salvaje,
la silvestre humildad de las verbenas.

1 comentario:

Pilar Romano dijo...

Acerca de la aldea... Esperaba leer todos los ¿capítulos? para hacer un comentario, pero éste me ha parecido sobresaliente, ha tenido el poder de llevarme al sitio que cuenta/dibuja. Cuando volví, estaba de nuevo frente a la pantalla, pero sentí que el vendedor de canastos que pasaba por mi calle los ofrecía baratos para mí y que el jazmín del patio perfumaba para mí. Y para Tiago.
Gracias por el viaje, Norma

Música

Esta obertura ha sido creada especialmente para el libro por el músico Raúl Segades, padre de Tiago. Historias para Tiago ( obertura) by Raúl Segades

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