Para Tiago Segades Porta, príncipe de los elfos, señor de los olivos, heredero de ausencias.

Prólogo

Entremos.
Hay que caminar descalzo, sintiendo la humedad del rocío entre los dedos de los pies. Dejar que el Tiempo se diluya en densa niebla y nos transforme en peregrinos de los sueños. La magia del libro lo pide con palabras dichas en voz baja. Perfiles de sonidos, ojos de elfos y bandadas de mariposas que despiertan el espíritu y lo acomodan en el círculo perfecto del entresueño misterioso.
¿Para qué? Para ver con ojos de luciérnagas y oír con oídos élficos, la historia de hilo alunado que nos conduce al lugar “donde voces antiguas entonan las canciones de una tierra perdida, -como dice la autora- tan lejana en el tiempo que nunca fue siquiera imaginada por las hojas del roble o las lenguas ardidas que devoran leyendas en la orilla del fuego”.
Para escuchar, detrás de la llovizna, “la voz de la alondra… que profetizó infortunio desde lo alto del fresno herido fatalmente por colmillos de nácar”.
En un instante de delgado espejo, tela de sueño y azogue, antes que comience la autora a cubrirnos con palabras, sucede el adormecimiento involuntario con que ella nos hechiza, contándonos una historia de aldea que escoge su destino, “lo efímero y salvaje, la silvestre humedad de las verbenas”.
El relato es conmovedor. Está cubierto con un entretejido de alucinantes metáforas que parecen velar una agonía de miedos, desengaños y muerte. El contraste es tan profundo que duele.
Si pudiéramos salir del círculo verde y luminoso en el que nos encierran los elfos, podríamos ver cómo “andan las hilanderas devanando el ovillo de la ausencia”.
¿Qué historia antigua, en medio de sombras y sollozos, esconden los aromos, los azahares, los naranjos? Es la historia del agua crecida. Recordemos. El agua de trenzas largas, que cubre este pueblo niño bajo la luna de plata.
Vayamos al corazón de la almendra amarga. Busquemos los ruidos de algún reloj despierto o una puerta que vacila ante el viento. Y la memoria nos trae un “dolor trepando por las entrañas mismas del subsuelo tal como si la hiedra, la llovizna, cubriera las estatuas, los nombres que sembraron sus asombros, las largas cabelleras del olvido”. Así dice Norma Segades cuando construye con maestría literaria esta historia de inundación y de fantasmas.
¿Para qué?
Escuchemos su voz desde la torre semiótica que ilumina como un faro.
“Para rastrear las huellas hay que encender los párpados”.
El libro que parece un herbario de sueños, de gargantas, de poesía abierta a la Cruz del Sur, nos envuelve, nos encamina hacia la lámpara encendida de la esperanza.
Así, dormidos con los ojos abiertos, sabemos de los duendes que “son bellos y salvajes como los colibríes”. También nos quitamos la soledad con la música del señor de los pájaros. ¿Escuchan su canción en el pulso del Tiempo cuando “una bego-nia con un ala rota atrapó su mirada”?
Percibimos la siesta a la hora en que estallan las cigarras.
Su narración conmovedora nos encierra en la memoria oscura de la riada cuando cubrió las calles de la comarca. Entonces, nosotros también, nos vamos ahogando en la noche no olvidada de ese abril de holocausto.
Pero, lo sabemos… “en un jardín oculto, floreció, bella y triste, la esperanza y la vida, de nuevo, triunfó sobre el silencio”.
El relato, con honda luz de epopeya y también de leyenda, se levanta, intacto, para “refundar la savia”.
Los recuerdos emiten sonidos y silencios.
Por eso Norma Segades habla del paisaje, de la sombra, del embrujo, de la muerte y los fantasmas.
Pero en el preciso momento en que los lectores también morimos, de frío, de despojo, de olvido, ella nos dice, anticipando nuestra libertad: “La luz renacerá salvajemente. En lo alto del olivo su estatura de hoguera, de demente amapola”.
Recién entonces, podemos salir del laberinto, y seguir las luciérnagas.
Así salimos. Mojados con el destello de un testimonio vivo que conmueve y fascina. La escritora nos sumerge en hondas meditaciones de destinos y olvidos. Pero nos salva del círculo élfico con la hondura de la luz que nos aglutina, nos deslumbra y nos hace partícipes de la singular palabra conmovedora y artística. Como en el mejor libro de los Tiempos Antiguos.
Y aunque quede el dolor, la luna lo morderá en cada noche de temblor sobre las ausencias.
Toda esta historia de exquisita y sutil poesía, fue pensada para Tiago, quien la beberá como un elixir de magos, una poción mágica de agua estrellada. Para que alguna vez, quizás, también él, se convierta en lunauta peregrino de recuerdos.

María Guadalupe Allassia

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Música

Esta obertura ha sido creada especialmente para el libro por el músico Raúl Segades, padre de Tiago. Historias para Tiago ( obertura) by Raúl Segades

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